Columnas de opinión de tema libre y sesiones de disertación de un tema en común y coyuntural de actualidad global y colombiana. Con una visión desde el exterior y los efectos de la cotidianidad de los colombianos, con un lenguaje simple y contundente (no violento) de la opinión de los panelistas quienes conforman este proyecto

Participación política femenina y reproducción del poder patriarcal: desafíos contemporáneos
María Camila Peña Ramírez

En un escenario en donde los hombres y sus formas de concebir el mundo han sido protagónicos, las mujeres, a pesar de las barreras históricas a las que se han enfrentado, han ido ganando espacios y reconocimiento.

Una de las medidas adoptadas para superar las brechas de participación política entre hombres y mujeres ha sido la implementación de cuotas en los cargos directivos y en la composición de listas electorales. Según ONU Mujeres, a 2025 existe una  sobrerrepresentación de los hombres en la toma de decisiones en todo el mundo[1]. Sin embargo, hay quienes reprochan la existencia de mecanismos como las leyes de cuotas, ignorando los datos y el palpable hecho de que para las últimas elecciones, en Colombia por ejemplo, el 29% de curules del Congreso correspondió a las mujeres frente a un 71% de cargos ocupados por hombres.

Es claro entonces, que un mayor nivel de inclusión de mujeres en las listas aumenta las posibilidades de que sean elegidas. Un ejemplo de esto ha sido el Pacto Histórico, el cual a través del sistema de composición de listas electorales “cerrada y cremallera”, garantizó una participación paritaria entre hombres y mujeres. 

En el marco de las elecciones presidenciales de 2026 en Colombia, las mujeres han liderado el debate público en los sectores políticos tanto de izquierda, de centro y de derecha. En la izquierda, figuras como Carolina Corcho, Maria José Pizarro, Susana Muhammad, Gloria Inés Ramirez, por solo mencionar algunas, han resaltado tanto por su trabajo político como por la oportunidad que tuvieron de ejercer liderazgos como ministras del actual gobierno.

En el centro, figuras como Claudia López, también han logrado destacarse. En la derecha, a pesar de ser el sector reacio a los cambios, no se han quedado ajenos a aceptar y promover liderazgos como el de Maria Fernanda Cabal, Paloma Valencia, Paola Holguín e incluso Vicky Dávila.

Esto revela que efectivamente hay una evolución en la reflexión política nacional, y que los rostros y voces femeninas han dejado de ser un tabú en el debate público, llegando incluso a estar dentro de las opciones para ocupar el cargo de Presidenta de la República; esto a su vez ambientado notablemente por el papel a nivel regional de figuras como Claudia Sheinbaum en México, Cristina Fernández en Argentina o la expresidente brasileña Dilma Rousseff, quien hoy ocupa la presidencia del nuevo banco de desarrollo BRICS.

Sin embargo, también es crucial poner sobre la mesa el hecho de que el ejercicio político de las mujeres ha tenido que configurarse dentro de un sistema cuyas normas, usos y valores fueron diseñados históricamente por y para hombres. Ingresar a la política ha significado para muchas mujeres la presión de demostrar que pueden ser igual de convincentes, competentes y “aptas” que sus colegas varones, ante un electorado y una opinión pública que evalúan sus capacidades bajo una vara masculinizada.

En este escenario, las mujeres se ven empujadas a adaptarse a prácticas, discursos y estilos de liderazgo que no les son propios, sino que han sido moldeados por lógicas patriarcales a las que deben ajustarse para no quedar relegadas a los roles y estereotipos de género tradicionales.

Bajo estas condiciones, la posibilidad de pensar y construir una propuesta política que recoja la experiencia de las mujeres, no desde el rol impuesto socialmente (como madres y esposas), sino desde la reflexión propia que atraviesa sus cuerpos, opresiones sufridas y su historia, y que se integre a las otras experiencias que componen el conglomerado social, es apenas reciente y está en desarrollo. Y, además, o todas las mujeres que participan en política buscan necesariamente ese horizonte transformador. Para muchas, el desafío de conquistar espacios de liderazgo ya es en sí mismo un esfuerzo monumental dentro de un sistema que continúa operando con lógicas patriarcales.

En este sentido, sostener simultáneamente un proyecto político feminista y  la lucha por los espacios de poder, implica un doble esfuerzo para las mujeres. No solo deben defender su legitimidad en un entorno que las cuestiona de manera desproporcionada, sino que además deben cargan con el peso de impulsar transformaciones profundas en las relaciones sociales, políticas y económicas. Bajo condiciones de desigualdad, esto se traduce en un costo electoral elevado y en una estrategia poco rentable para quienes buscan competir en contiendas altamente adversariales.

El auge de mujeres de derecha

Este análisis permite comprender por qué los liderazgos femeninos de derecha han ganado terreno en los últimos años. Al no cuestionar las estructuras patriarcales del sistema político, estos liderazgos resultan más fácilmente aceptados, pues combinan la renovación simbólica que aporta un rostro femenino con la continuidad ideológica del orden tradicional. Ejemplos como Giorgia Meloni en Italia, Marine Le Pen en Francia, o la recientemente elegida primera ministra de Japón, Sanae Takaichi —todas defensoras de agendas conservadoras— muestran cómo el patriarcado puede adaptarse estratégicamente para sobrevivir, incluso de la mano de mujeres.

Más allá de las posturas políticas, es necesario celebrar que más mujeres puedan ejercer el liderazgo sin que su capacidad sea puesta en duda por razones de género. En el caso colombiano, este avance contribuye a visibilizar debates indispensables sobre el trabajo de cuidado no remunerado, la sostenibilidad de la vida, la desigualdad económica, la violencia, la explotación ambiental y las tensiones del modelo político actual. No porque las mujeres estén “naturalmente” asociadas a estos temas, sino porque han vivido sus efectos de manera desproporcionada y pueden aportar lecturas políticas distintas y necesarias.

El desafío consiste en seguir cuestionando la lógica patriarcal que estructura la política y participar en ella con la ambición de transformar sus reglas, no de reproducirlas. Implica construir poder sin tutelas de patriarcas, esposos o patrones; disputar el espacio público sin convertirse en auxiliares de un sistema que históricamente ha oprimido e instrumentalizado a las mujeres. La tarea es enorme, pero indispensable si aspiramos a una política verdaderamente democrática y una sociedad donde la igualdad sea más que una promesa.


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