María Camila Peña Ramírez
A inicios de la época de festividades de fin de año, Colombia celebra un crecimiento económico del 3,6% y una tasa de desempleo del 8,2%, la cifra más baja desde comienzos del siglo. Los informes del DANE y del Banco de la República, dan cuenta de los determinantes macroeconómicos y políticos que explican este comportamiento de la economía. Al unísono se han identificado como motores del crecimiento: el sector de la administración pública, defensa, educación y salud, el sector de la industria manufacturera y el sector del comercio. Hay un consenso en admitir que el mayor impulso de la economía se concentra en la demanda interna, sostenida por el consumo de los hogares.
Dentro de las explicaciones que se pueden dar a este aumento en el consumo doméstico, está por un lado el aumento real de los salarios, lo que concuerda con las cifras de disminución de desempleo; el costo de los créditos de consumo, el aumento del gasto de gobierno– también coherente con el criticado déficit fiscal- y una cifra que muchas veces pasa desapercibida pero que hoy empieza a ser el foco de atenciones y análisis: el ingreso por remesas internacionales.
Hoy, más de 6 millones de colombianos viven en el exterior, radicados especialmente en Estados Unidos, España, Ecuador y Chile (Periódico UNAL, 2025). Y su aporte económico no es marginal: en las últimas dos décadas, las remesas han representado en promedio al 2% del PIB nacional, una cifra similar —e incluso superior en ciertos periodos— a las exportaciones de café o flores. En un país que vive con déficit externo estructural debido a la baja capacidad de exportaciones, las remesas son una de sus fuentes más estables de divisas.
Pero mientras celebramos estos datos, casi nunca preguntamos de dónde viene ese dinero, quién lo envía y a qué costos personales y estructurales.
La salida de población económicamente activa, junto con la recepción creciente de divisas, sugiere la existencia de un modelo económico transnacionalizado, en el que el bienestar de los hogares se sostiene parcialmente con ingresos generados fuera del territorio nacional, como explican los informes del DANE y del Banco de la República.
Las remesas, en este sentido, no son meramente transferencias privadas. Operan como un mecanismo de ajuste macroeconómico, compensando déficits estructurales del mercado laboral colombiano y reduciendo presiones sobre políticas sociales. Esta externalización de la reproducción social ha sido ampliamente estudiada por la economía feminista, que advierte que estos flujos suelen sostener funciones estatales no asumidas (Kunz & Maisenbacher, 2021).
Migración y remesas: la historia del “milagro económico”
En una investigación realizada por Amaia Garcia-Azpuru et al (2024) en la población de origen latinoamericano residente en la Comunidad Autónoma de Euskadi (CAE) en España, se pudo comprobar que una parte sustancial de las remesas enviadas proviene del trabajo de mujeres migrantes, muchas de ellas insertadas en el sector de los cuidados en países de destino. El análisis dentro de esta investigación se hizo a partir de lo que la literatura denomina como Cadenas Globales de Cuidado (CGC).
Como explica Pérez Orozco (2007), muchas mujeres migran porque no pueden sostener económicamente la reproducción social en sus hogares de origen: alimentar, cuidar, criar, garantizar la supervivencia material y afectiva de la familia. La migración se convierte entonces en una estrategia de supervivencia familiar, pero también deja en evidencia los problemas estructurales en torno a la organización social de los cuidados, que no permite garantizar las condiciones mínimas para que ese cuidado pueda realizarse dentro del país.
A su turno, las investigaciones de ONU Mujeres muestran que las trabajadoras migrantes desempeñan, en su mayoría, trabajos de cuidado mal remunerados, poco protegidos y altamente demandantes en los países receptores. Parte de su salario se convierte en remesas, que regresan a sus países de origen para sostener a familiares, hijos e hijas, y hogares enteros.
Esto genera un círculo económico transnacional en el que la unidad básica ya no es solo la familia local, sino una familia extendida a través de fronteras, donde:
- una mujer presta servicios de cuidado remunerado en Madrid, por ejemplo,
- mientras otra mujer (o familiar) cuida a sus hijos en Colombia, país de origen,
- sostenida por el dinero que ella envía,
- mientras el Estado ahorra el costo de esas obligaciones.
Desde esta perspectiva, las remesas dejan de ser un motor de desarrollo económico y se revelan como una transferencia sistemática de trabajo femenino que subsidia las carencias de la organización social de los cuidados en los países de origen de las mujeres migrantes.
El discurso del “empoderamiento femenino” y el desarrollo que no empodera
Como señalan las autoras Amaia Garcia-Azpuru et al (2024), la literatura internacional ha querido presentar el envío de remesas por parte de mujeres como un signo de agencia y de empoderamiento económico. Sin embargo, como argumentan las autoras, esta narrativa es engañosa: deposita sobre las mujeres, y la población migrante en general, la responsabilidad del desarrollo económico, en un marco de precariedad que ellas no eligieron.
La figura de la mujer migrante como “agente de desarrollo” resulta, así, funcional al sistema económico, pero no necesariamente liberadora para las propias mujeres.
Colombia y las cadenas globales de cuidado
Para el caso colombiano, de acuerdo con el informe presentado en el año 2021 denominado ”La Diáspora Colombiana como Agente de Desarrollo Sostenible” el sondeo realizado para caracterizar inicialmente a la diáspora colombiana en el mundo, arrojo como datos relevantes para el presente análisis, que el 73% de las personas entrevistadas son mujeres, de las cuáles el 70% tiene hijos, el 58 % vive con sus hijos en el país de destino y el 24% en el país de origen. De lo anterior se puede comenzar a inferir que hay una diáspora colombiana mayormente feminizada, y que existe un porcentaje de hogares con hijos que son que sostenidos desde el exterior.
En conclusión, el crecimiento económico colombiano contemporáneo no puede comprenderse sin considerar el papel central de la migración y las remesas. Desde una perspectiva de economía política feminista, entender los determinantes de la migración a través de una adecuada caracterización, puede permitir atender a las necesidades reales de la población migrante, de acuerdo a sus condiciones de vida, en el mayor de los casos desconocidas.
Urge por tanto, comprender fenómenos como: la dependencia estructural del país respecto del trabajo —frecuentemente precarizado— de su población migrante; la importancia de reconocer el cuidado como una actividad económica transnacional; y la urgencia de diseñar políticas públicas que asuman la reproducción social dentro del territorio, en lugar de externalizarla.
El avance de los discursos anti-migratorios
En el contexto anterior, el avance de discursos anti-migratorios en países receptores debe ser entendido no solo como una pugna política e ideológica, sino como un riesgo macroeconómico y social. Como se ha visto, la economía colombiana no solo crece hacia afuera: se sostiene afuera, en cierto porcentaje, -hace falta contar con investigaciones al respecto- sobre el trabajo precarizado de mujeres migrantes que cuidan niños, ancianos y hogares en países donde muchas veces ellas mismas no tienen garantizados sus derechos.
Y al mismo tiempo, esas mujeres y toda la población migrante están en la primera línea del impacto cuando cambian los vientos políticos. Por tanto, este análisis invita a replantear el rol del Estado en la gestión del cuidado, la protección de la diáspora y la comprensión de la migración no como excepción, sino como estructura constitutiva de la economía nacional contemporánea.
Fuentes:
Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 2022. “Informe 2021 – La Diáspora Colombiana como Agente de Desarrollo Sostenible”. OIM, Bogotá.
Barba del Horno, M., Garcia-Azpuru, A., & Arcos-Alonso, A. (2024). Remesas, género y cadenas globales de cuidados: El caso de la población de origen latinoamericano en la CAE. Migraciones, (57). https://doi.org/10.14422/mig.2024.007


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