Columnas de opinión de tema libre y sesiones de disertación de un tema en común y coyuntural de actualidad global y colombiana. Con una visión desde el exterior y los efectos de la cotidianidad de los colombianos, con un lenguaje simple y contundente (no violento) de la opinión de los panelistas quienes conforman este proyecto

Foto Camilo

Camilo Antonio Rodríguez Vega.

Violencia política.

El domingo 8 de junio a la mañana en Europa del presente año, luego de tomar café, hacer los quehaceres matutinos y sobrellevar la carga de la semana, nos despertamos en estas latitudes con la profunda tragedia de revivir capítulos muy oscuros de la vida republicana de nuestro país.

Es así, como uno de mis compañeros del lugar donde estábamos compartiendo un fin de semana de amigos, me cuestiono, frente a la noticia que rápidamente circulo en los medios internacionales y que sacudió a Bogota con el atentado a Miguel Uribe Turbay. Automáticamente mi reacción instintiva, fue revisar X (antes Twitter), para entender lo sucedido y poder darle contexto a mi compañero.

Las imágenes publicadas, fácilmente replicadas y reposteadas de forma viral por el algoritmo fueron claramente un golpe de conciencia de la tragedia ocurrida, pero ahondando en la noticia y revisando diferentes fuentes, la situación era cada vez más dificil de explicar y comprender.

Si bien, ahora existía un panorama común y generacional entre Colombia y lo vivido en Eslovaquia en donde el 15 de mayo del 2024, en contra del hoy primer ministro, Robert Fico ocurrió un intento de asesinato con connotaciones políticas que casi acaba con su vida, producto de un adulto de 71 años, quien en un evento a la salida de un debate gubernamental en una pequeña población en la región de Trenchin, más específicamente en Handlová. Ejecuto 6 disparos que impactaron en diferentes zonas, como las extremidades y el estómago que llevo al primer ministro a un estado de reposo critico; conducido a la capital Bratislava dada la gravedad de sus heridas.

Donde su perpetrador un artista, educador, escritor y poeta fue capturado, conducido y judicializado, donde su condena ronda entre 25 años a cadena perpetua de prisión por los crímenes de terrorismo adjudicado por sus hechos y donde llevo al rechazo execrable por parte de los actores políticos europeos como de la vida nacional a rechazar los insultos incluso a la persecución policial que desde las redes sociales pudieran emerger sobre los discursos de odio.

Ahora bien, ¿Qué resulta de todo esto?, como le explicas a quienes no han vivido o siquiera visitado tu país de origen que coexistimos un país que no respeta la vida, que el perpetrador con tan solo 14 años es el autor del atentado. Como explicas que somos una sociedad que orientamos la tragedia sobre la historia política y como puedes explicar que, en Colombia, nos matamos por pensar diferente.

Mas aún, como pueden coexistir movimientos quienes pese a la evidencia de lo ocurrido, fraguan hipótesis salida de los cabellos y peor aún, utilizan tan dolorosa tragedia como herramienta de proselitismo político.

Como podemos explicar y conducir un país que sigue persiguiendo lideres y personas por su orientación política y que son ellos quienes con su vida son apartados de sus luchas día a día.
Como podemos continuar con la política nacional, sin hacer un alto en el camino.

Porque no, y en concordancia con los hechos, se establece una rotunda protección de la vida a ultranza, porque no, desde el gobierno, la oposición, los actores sociales y los movimientos se promueve y se capitaliza la oportunidad de unir al país para ir hacia adelante y evitar espirales de violencia que haciendo uso del narcotráfico, hoy copta los debates, la radicalización en redes sociales y el hostigamiento a todo aquel quien no piense como “yo” y que en contraste contrargumento mis opiniones y me enriquezca con sus ideales y puntos de vista de ver el mundo.

Quizá y solo después de meditar por mucho tiempo esta columna, me sea muy difícil explicar lo sucedido a mi compañero, sin traer a colación los más de 200 años de independencia que año tras año encuentra la forma de separarnos entre ilusiones políticas y divisiones de pensamientos.

Quizá y tal como lo promovieron quienes desde mi punto de vista salen ganadores, somos quienes, desde nuestras orillas políticas, trincheras sociales elegimos el sabio silencio para acrecentar irónicamente nuestra voz de protesta.

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