Colombia, el país de la belleza
Cada vez que me encuentro con alguien que ha visitado Colombia, escucho el mismo comentario: «Es un país maravilloso».
Quienes han tenido la oportunidad de recorrerlo no escatiman elogios hacia sus paisajes, la calidez de su gente y la riqueza de sus sabores. En coherencia con ello, las cifras recientes sobre el impacto del turismo en la economía nacional reflejan que la estrategia de promoción internacional bajo la marca «Colombia, el país de la belleza» comienza a dar frutos.
Según datos del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo (MINCIT), “Colombia recibió 1,19 millones de visitantes extranjeros durante el primer trimestre de 2025, lo que representó un aumento del 6,8 % frente al mismo periodo del año anterior y marcó un nuevo récord a nivel nacional”.
Y yo, aunque amo y siento un profundo orgullo por mi país, y me emociona saber que el mundo comienza a mirar hacia nosotros, no puedo evitar lamentar que la desigualdad, la ignorancia, la violencia y la falta de oportunidades aún nos impidan mostrar un rostro más justo y esperanzador.
Vivir fuera de Colombia me ha permitido dimensionar el enorme potencial que tenemos como destino turístico, pero también visibilizar las barreras estructurales que frenan su desarrollo real y sostenible.
El actual gobierno recibió un sector turístico golpeado por la crisis del COVID-19, pero que, a lo largo de estos cuatro años, no solo ha logrado recuperarse, sino también fortalecerse. Sin embargo, más allá de los datos sobre el ingreso de viajeros o el aporte del turismo al PIB, quisiera compartir una reflexión que nace de mi experiencia viajera.
En el diagnóstico del sector para la elaboración del Plan Nacional de Desarrollo se señaló que la actividad turística en Colombia suele estar atravesada por una “visión instrumental de las personas y los territorios, que privilegia su utilidad sobre su valor intrínseco, en función de la satisfacción de la demanda turística; sumado a la estandarización del consumo y a estereotipos de disfrute que condicionan el acceso al tiempo libre y la recreación, limitando las potencialidades del sector para construir bienestar social, desarrollo humano y económico”.
Esto se manifiesta, por ejemplo, en fenómenos como el turismo sexual, o la explotación superficial e injustificada de la figura de Pablo Escobar, que participen de una economía ilegal que fortalece los grupos armados dedicados al narcotráfico, y que empobrece los territorios y lastima el tejido social.
El mismo documento advierte que “no se cuenta con una oferta turística que responda a las condiciones de la población económicamente vulnerable”. En paralelo, en aquellos territorios donde se impulsan iniciativas de turismo social y comunitario, se evidencia una construcción de estereotipos que vinculan el turismo con la pobreza en las periferias. Esto se refleja en prácticas como la oferta de un turismo exclusivo para extranjeros, inaccesible para la población local. Un ejemplo evidente es la visita a Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta, cuyo costo supera el salario mínimo mensual. O el caso de municipios como Palomino, donde la gentrificación ha encarecido la vida, beneficiando principalmente a inversionistas extranjeros, mientras los habitantes locales enfrentan condiciones cada vez más precarias.
Esta situación configura relaciones sociales y económicas profundamente desiguales. En muchos casos, las comunidades apenas reciben las migajas de esta actividad, mientras otras se ven empujadas a organizarse alrededor de economías ilegales o respuestas violentas frente a la exclusión. Todo ello se traduce en una falta de compromiso colectivo con el cuidado del entorno y del otro.
Aunque nos queda camino por recorrer, que nos sobran las fuerzas para sobrepasar estos obstáculos que la historia de despojo y desarraigo nos ha dejado.
Implementar un enfoque participativo, donde el turismo cumpla una función social y se convierta en motor de desarrollo comunitario —como lo plantea el gobierno actual en su plan de desarrollo—, sigue siendo el camino más prometedor.
Así, el turismo en el país de la belleza no solo será una apuesta económica, sino también un ejemplo mundial de hospitalidad auténtica: esa que nace del orgullo de lo que somos, de lo que tenemos para compartir, y que se refleja en la manera en que nos relacionamos entre nosotros, con los otros y con el territorio que nos acoge.
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