Brasil y su modelo económico: inspiración para la integración de América Latina
Brasil no es cualquier país en América Latina. Con su vasto territorio, su población creciente y una economía avanzada, se ha convertido en un actor clave en la región y en el mundo. Su historia económica ofrece lecciones para pensar en cómo América Latina podría avanzar hacia un desarrollo más soberano y sostenible.
Desde el Estado Novo de Getúlio Vargas, Brasil mostró que el Estado puede ser protagonista en la economía. Frente a la crisis de los años 30, el gobierno brasileño protegió la industria nacional, diversificó su producción y fortaleció su mercado interno, sentando las bases para un desarrollo industrial que otros países latinoamericanos solo soñaban. Décadas más tarde, durante la primera década del siglo XXI, Brasil volvió a demostrar flexibilidad: mientras el Consenso de Washington promovía la reducción del Estado, el país implementó políticas contracíclicas, fortaleciendo la política social y salarial para enfrentar la crisis de 2007-2009.
Brasil también ha sabido proyectar su poder más allá de sus fronteras. Como miembro del grupo BRICS, se consolida como un actor capaz de influir en las relaciones internacionales mediante su legitimidad y su soft power. Pero, ¿puede su modelo económico servir como inspiración para un proceso de integración regional en América Latina?
Es cierto que Brasil tiene particularidades históricas y culturales. Su idioma, su colonización portuguesa y sus recursos naturales lo diferencian de sus vecinos de habla española. Pero también comparte con ellos retos comunes: desigualdad, dependencia económica y la necesidad de fortalecer instituciones capaces de garantizar desarrollo y justicia social. La experiencia brasileña demuestra que es posible combinar apertura económica con políticas sociales que reduzcan la exclusión y promuevan la movilidad social.
Panorama internacional y regional
Hoy, América Latina enfrenta desafíos enormes: un panorama de relaciones de cooperación internacional complejas con uno de los socios más importantes, Estados Unidos. Esto sumado a una nueva fase de desaceleración económica, en el marco de las tensiones geopolíticas y el aumento del proteccionismo. La región se ha caracterizado por su nivel de dependencia de la inversión extranjera directa y del endeudamiento externo, alta dependencia de exportaciones primarias, una escasa diversificación productiva, bajos niveles de inversión, mercados laborales con poco dinamismo y elevada informalidad y políticas macroeconómicas procíclicas. (CEPAL.2025)
Este panorama se suma a un contexto internacional también complejo. Señala la CEPAL, que en 2025, el crecimiento del PIB mundial también se verá desacelerado y se espera que quede en torno al 3%, en comparación con el 3,3% registrado en 2024. “Los Estados Unidos, que representan el 25% del PIB mundial, registrarán la mayor desaceleración entre las economías avanzadas debido a una mayor incertidumbre con respecto al rumbo de la política económica en el país y al contexto económico futuro; el impacto económico de los aranceles, y las elevadas tasas de interés”.
Paradójicamente, las economías emergentes y en desarrollo, como la brasileña, seguirán contribuyendo significativamente al crecimiento mundial. Lo que en medio de las complejidades representa una oportunidad para la región que puede apalancarse bajo el acuerdo de gobiernos de tendencia socialdemócrata, mayormente interesados en políticas ambientales; en la soberanía de la región, en la transición ecológica y en la posibilidad de fortalecer la integración regional.
La integración en América latina
Esta integración económica ya ha superado la fase de celebración de acuerdos comerciales y ahora debe pasar a un nivel más activo que implique la movilidad de profesionales, cooperación industrial y tecnológica, infraestructura común y políticas que reduzcan la competencia interna y fomenten el desarrollo colectivo. Brasil, con su experiencia industrial, el liderazgo en los BRICS y su papel en organismos regionales como Mercosur y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, puede inspirar el movimiento para el cambio. La CELAC sigue estando en deuda con la integración latinoamericana hasta tanto no trascienda el espacio de dialogo y discusión y se convierta en un escenario para la toma de decisiones vinculantes.
El fortalecimiento de la resiliencia ante factores externos, como las tensiones geopolíticas y en especial la guerra arancelaria iniciada por Estados Unidos, exige políticas macroeconómicas activas a través de una adecuada intervención estatal, integración regional y diversificación productiva.
El camino no será fácil. La diversidad de la región y las diferencias históricas y políticas son desafíos que no se pueden ignorar. Pero también son una riqueza: aprender de experiencias distintas, encontrar puntos de convergencia y construir un proyecto común basado en la cooperación, podría ser la clave para un desarrollo compartido y que sirva de sustento para la soberanía de los países latinoamericanos.
La historia económica y política de Brasil nos enseña que la integración regional y el desarrollo son posibles si se adaptan las políticas a las necesidades locales, se fortalece la industria y se prioriza la justicia social. América Latina tiene hoy la oportunidad de aprender de esa experiencia y construir un futuro más sólido y compartido. Tal y como enuncio el presidente Lula Da Silva “En un mundo cada vez más multipolar, la paz requiere multilateralismo”.
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