Papa Francisco y su espiritualidad política
Con la muerte del Papa Francisco, el mundo católico y la prensa no han escatimado esfuerzos en elogiar la obra y legado del primer Papa latinoamericano y jesuita, cuya hermenéutica bíblica se caracterizó por profesar el cuidado por los pobres y la misericordia con los débiles. Pero dejando a un lado el carácter religioso de su envestidura, yo quiero detenerme en su papel político.
En el derecho internacional público, el Papa es la máxima autoridad y jefe de la Santa Sede, quien a su vez maneja las relaciones diplomáticas del Estado soberano. Por tanto, cuando el Papa visita un país, no lo hace solo como autoridad religiosa, sino como emisario político. En consecuencia, como hombre de la diplomacia, ¿cuál fue su pulso geopolítico?
En el mes de septiembre del año 2017, casi un año después de que en Colombia se celebraran las elecciones del plebiscito en donde se desaprobó por parte de la mayoría votante (50,2% vs 49.7%) el Acuerdo final de paz entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC-EP, el Papa Francisco visitó Colombia en medio de un acalorado escenario político de polarización a favor y en contra de la firma e implementación de los acuerdos de paz mencionados. En la homilía de la misa celebrada el 7 de septiembre de 2017 en el parque Simón Bolívar de la ciudad de Bogotá, en donde se congregaron alrededor de un millón de personas, el Papa Francisco escogió el texto bíblico del libro de Lucas en donde se relata un episodio en donde Jesús está predicando en el mar de Galilea frente a una multitud cansada y hambrienta, e invita a sus discípulos a ser «pescadores de hombres». Se sirve el Papa Francisco de la interpretación de este texto para representar la realidad colombiana, y en últimas, exhortar a sus oyentes a apoyar la paz para salir de las tinieblas de la injusticia social, creando así una identidad en el público con apoyo de la simbología bíblica: apela al mar como lugar de trabajo y fatiga, elementos que muy bien representan a la realidad Colombiana que sobrevive todos los días a la violencia y la desigualdad. Por tanto, aquella parte del discurso del rito religioso, se convirtió en una declaración política en un momento de polarización.
Seis años después, el Papa vuelve a hablar del mar y su representación política, pero esta vez en la ciudad de Marsella, en Francia. Pero antes de abordar el contenido de su alocución, es importante mencionar que, durante los 12 años de pontificado, el Papa Francisco visitó Francia tres veces: la primera en el 2014 en Estrasburgo en el Parlamento Europeo, la Segunda en 2023 en Marsella, y la tercera en la isla colonizada de Córcega, en diciembre del año pasado, justo una semana después de la reapertura de la Catedral de Notre Dame de Paris, ceremonia a la cual se negó a asistir, intencionada y curiosamente.
Marsella es la segunda ciudad más poblada de Francia después de París. Siempre he creído que París es la niña linda del baile con la que todos quieren bailar, pero no todos lo logran. Pues en esa analogía Marsella vendría siendo la Cenicienta. Es una ciudad que limita con el mar mediterráneo y por esa ubicación recibe la migración proveniente mayoritariamente del Magreb (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia), y esta migración ha hecho de esta ciudad francesa un lugar de encuentro y de multiculturalidad que tiene su propia historia del país por contar, distinta a la de París, la torre Eiffel, el Louvre, las conquistas de Napoleón, Versalles y los castillos de Luis XVI.
El panorama político Frances en la actualidad está principalmente definido por las posturas adoptadas sobre la migración. A la extrema derecha están quienes abogan por «parar la inmigración descontrolada y devolver Francia a los franceses» y » erradicar las ideologías islamistas de todo el territorio», muy a la época de la guerra de las religiones, en un país en donde el 51% de su población no practica ninguna religión, y dentro del otro 50% que si la practica, tan solo el 10% se reconoce como musulmán. Es esta la “gran amenaza” islamista de la que se preocupa la extrema derecha francesa, y no de los impactos que ha tenido la industria de la guerra financiada desde Paris en África y oriente medio.
Es en este contexto en el cual el Papa Francisco se dirigió al público en aquella oportunidad. Me detendré específicamente en el discurso de cierre del evento denominado «Encuentros del mediterráneo» en donde se contó con la presencia del Presidente Emmanuel Macron. Señaló el Papa Francisco que en las raíces de los tres monoteísmos del mediterráneo se encuentra la hospitalidad y el amor al extranjero en nombre de Dios, aprovechando para resaltar no las diferencias religiosas, sino sus características en común. Como hizo en el Simon Bolivar de Bogota, utilizó de nuevo una triada de elementos simbólicos: el mar, el faro y el puerto.
El mar, que en otra orilla es el mar de Galilea, en donde Jesús habló a las multitudes cansadas y hambrientas, en esta ocasión en el discurso del Papa, es un mar con dos representaciones : la primera, como invitación a hacer comunidad frente a la división y a los conflictos. Recuerda el sumo pontífice que este mar está bañado por ríos que vienen de Europa, África y de medio oriente, siendo ello la muestra de su vocación para la fraternidad, pero que se contamina de «indiferencia». Es curioso como elige “indiferencia” y no otro término para referirse al desprecio hacia los migrantes. El mar también presencia la muerte de las personas que lo atraviesan y no logran llegar a puerto. La segunda representación, es el mar de la coexistencia humana que está contaminado por la precariedad, resaltando el hecho de que la precariedad genera criminalidad, y dicha pobreza material, educativa, profesional etc, es el terreno despejado de las mafias.
El segundo elemento es el Puerto, el de Marsella es el más grande de Francia y el quinto de Europa, es decir una importante zona comercial. En este punto su público son los tomadores de decisiones, y, recordemos que Macron está allí sentado. El Papa Francisco hace énfasis en los deberes de las naciones: la solidaridad, la justicia social, la caridad universal, la hospitalidad, y a estos valores contrapone las ansias de poder, las relaciones comerciales desiguales, y el desarrollo de unas potencias en desmedro de otras. De manera fuerte y sin rodeos, denuncia que los «nacionalismos arcaicos y belicosos quieren hacer desaparecer el sueño de una comunidad de naciones». Mencionar en este punto a la Comunidad de Naciones, es hacer alusión al tratado de Versalles de 1919 firmado tras la primera guerra mundial. Y continúa su discurso señalando que » las armas hacen la guerra, y con la ambición de poder se vuelve al pasado y no se construye el futuro» La intención de su mensaje es clara, es pronosticar un retorno a escenarios de guerras mundiales y responsabilizar a quienes priorizan la industria de las armas. Acá ya no está hablando de los migrantes sino de los desafíos geopolíticos.
El tercer elemento es el faro, lugar desde el cual pronuncio el discursó, y cuya utilidad, para dar luz en el mar hacia el puerto, se expresa en la construcción del tejido entre las diversas culturas. Vale la pena recordar que quienes lo están escuchando están ocupando ese lugar simbólico, por tanto, ese encuentro en principio religioso, es un encuentro político con una agenda definida, que el Papa a través de su discurso sigue orientando.
A pesar de la fuerza de su discurso que denuncia y a la vez hace un llamado a la acción, queda el interrogante sobre el alcance e impacto de la palabra del Papa como hombre político. Ello se puede responder desde dos puntos de vista. En primer lugar, es importante señalar que es claro que hace uso de su autoridad religiosa, como no se lo puede permitir otro jefe de Estado, para intervenir en los asuntos internos de los países, en este caso, a propósito de la migración. En segundo lugar, que su palabra es legítima para los creyentes católicos, sobre quienes puede influir en la toma de decisiones con un claro impacto electoral. El poder de negociación que puede tener el Papa no es en términos de intercambio comercial, como cualquier otra relación entre Estados, sino el pulso ideológico y político investido de una autoridad religiosa con una fuerza importante para promover cambios sociales y culturales.
En conclusión, el pulso geopolítico es sutil, pertenece a lo que se conoce como el softpower, y el Papa Francisco supo leer el momento de transición y tensiones en el cual ejerció su pontificado, y entendió que no solo la Iglesia, sino las relaciones entre Estados, necesitan adaptarse a los cambios, tal y como lo hizo el imperio romano bajo el gobierno de Constantino.
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