Columnas de opinión de tema libre y sesiones de disertación de un tema en común y coyuntural de actualidad global y colombiana. Con una visión desde el exterior y los efectos de la cotidianidad de los colombianos, con un lenguaje simple y contundente (no violento) de la opinión de los panelistas quienes conforman este proyecto

Foto de columnas

María Camila Peña Ramírez.

¿ Qué tienen en común Shingeki no Kyojin (El ataque de los titanes) y Hannah Arendt? 

Estoy terminando de ver una serie de anime japonés llamada «El ataque de los Titanes». Lamento de antemano el spoiler que voy a hacer. La historia narra como una raza de humanos con el poder de transformarse en titanes, vive encerrada tras tres muros que los protegen de otros titanes que habitan fuera de ellos. Estos humanos no saben que tienen el poder de ser titanes, y tampoco saben qué hay más allá de los muros que los protegen, ni cómo resultaron exiliados en este lugar, esto debido a que sus memorias fueron borradas para evitar que salieran de los muros. Solo el rey conserva el conocimiento de la historia verdadera.

Resulta que descubren que su hogar es una isla y que son descendientes de una raza dominada por otros humanos en un país vecino. Estos humanos dominantes, llamados «Mahr», se apropiaron de los poderes de los titanes para controlarlos, manipularlos y obligarlos a servirles. Para poder lograrlo y justificar los malos tratos y la esclavitud a la que los someten, difundieron una versión de la historia según la cual esta raza es descendencia de los «demonios». Sirviéndose de esta creencia, los titanes continentales (aquellos que viven fuera de la isla ), han sido convencidos de que los titanes que habitan entre los muros son los causantes de la esclavitud que sufren, hasta el punto de convencerlos de ir a la guerra contra ellos. Los titanes de la isla, por su parte, no saben nada de aquello que se trama y ocurre fuera de los muros. En resumen, son dos pueblos de la misma raza, enfrentados porque se aferraron a la historia que les contaron. Unos por la memoria borrada, y los otros por una versión distorsionada de la historia.

Gabriel García Márquez en Cien Años de Soledad, también relató la historia de un pueblo, Macondo, que estaba aislado del resto del país al que pertenecía, y que eventualmente fue integrado por la fuerza, mediante la violencia de la guerra. La familia Buendía, protagonista de la historia, es testigo de la repartición del poder entre grupos políticos y de la masacre de los trabajadores de una plantación de banano a manos de propietarios extranjeros, con gobierno como aliado. Al final, Macondo y la familia Buendía, incapaces de descifrar los pergaminos que contenían las claves de su destino, repitieron los errores del pasado hasta desaparecer.

Entre los muchos elementos que pueden haber en común el «Ataque de los Titanes» y «Cien años de soledad», quiero centrarme en el papel de la memoria colectiva como acto político fundamental para la reconciliación y la construcción de sociedades más justas. Cuando no se conoce la historia, la identidad se fragmenta, como ocurrió con los titanes de la isla, que no sabían que eran titanes exiliados, o con los Buendía, que de haber descifrado los pergaminos de Melquiades, posiblemente habrían podido actuar diferente sobre el curso de su historia.

Sobre la memoria como acto político, la filósofa Hannah Arendt ofrece importantes reflexiones. Según la filósofa alemana, la «política» es aquella acción capaz de transformar el espacio público mediante el dialogo en condiciones de pluralidad, libertad e igualdad. Asimismo, las narraciones que se hacen sobre los hechos ocurridos en ese intercambio en el espacio público, que sobreviven al paso del tiempo y se validan de manera colectiva, también son política. En otras palabras, los procesos de construcción de la memoria colectiva y de significados compartidos a través de la pluralidad de miradas, no son solo una forma de recordar, son un acto político que engendra un mundo común. De ahí la importancia de la historia que construimos y nos contamos.

En 2013, el Centro Nacional de Memoria Histórica publicó un informe resultado del esfuerzo por reconstruir la historia del conflicto armado en Colombia a partir de los relatos y testimonios de las víctimas, que durante décadas fueron invisibilizadas y revictimizadas. De igual forma, la Comisión de la Verdad, creada tras los acuerdos de paz de la Habana, trabajó durante cuatro años en el esclarecimiento de la verdad en el marco del conflicto armado, escuchando tanto a las víctimas como a los responsables . El resultado de estas investigaciones, permitió identificar las dimensiones y modalidades de la guerra, sus responsables, sus causas e impactos, así como formular recomendaciones.

Uno de los retos identificados para la implementación de los acuerdos es la garantía de No Repetición. Señala la Comisión de la verdad en sus recomendaciones, que la garantía de No repetición, además de medidas en términos de seguridad y presencia de la fuerza pública, incluye «reformas institucionales y medidas adecuadas que fortalezcan la legitimidad del Estado Social de Derecho y la confianza de la sociedad en las instituciones públicas». Esto implica mejorar las condiciones socioeconómicas de la población a través de la provisión de servicios, la universalización del derecho a la salud, a la educación, a la vivienda etc garantizados por de las entidades competentes.
Es por esto que hoy resulta de primordial importancia entender las causas de la violencia en Colombia, y respaldar a las instituciones democráticas y constitucionales que, en el ejercicio de sus funciones, promueven las reformas necesarias para avanzar hacia un país en donde todos y todas tengamos oportunidades.

Desescalar el conflicto en uno de los países más desiguales del mundo, significa que los campesinos tengan tierra, que el campo sea un lugar digno y seguro, que el acceso a la educación sea gratuito y universal, que nadie muere esperando atención médica, y que el trabajo se realice en condiciones dignas. Quienes hoy defiendan la paz, lo harán con coherencia, comprometidos con los cambios y agenda que necesita un país que busca superar el olvido y la apatía de quienes lo han gobernado durante 200 año. Así evitaremos perecer como ocurrió con Macondo y los Buendía.

Conocer y comprender la historia- no como algo estático sino como producto de nuestra acción política- permitirá no solo superar la violencia, sino evitar la mezquindad y la revictimización de quienes aún sufre las secuelas de la guerra, como ocurrió en la operación Orión del año 2002 bajo el gobierno de Álvaro Uribe, o con las alarmantes cifras de violencia política en el año 2020, bajo el gobierno de Iván Duque.

Hacer memoria —como acto político— no es reproducir el odio y la violencia, sino dignificar a quienes han soportado la injusticia, el olvido y la guerra. No se trata de dividir o “polarizar”, como alegan quienes prefieren el silencio, sino de construir una verdad común sobre la que pueda edificarse un país en paz. Lo contrario sería condenarnos, como Macondo y los titanes de la isla, a desaparecer bajo el peso de una historia que no entendimos o que otros decidieron por nosotros.

Recordar no es quedarse en el pasado. Es, como dijo Arendt, una forma de actuar sobre el presente.

.

Deja un comentario