¿Y el lugar de las mujeres?
Es un hecho: las mujeres en todo el mundo seguimos enfrentando violencias e injusticias estructurales que nos sitúan en desventaja frente a los hombres, aunque para muchos aún resulte un pasatiempo negarlo o minimizarlo.
Según el seguimiento realizado por organismos internacionales como ONU Mujeres y Oxfam Internacional, los indicadores de justicia de género revelan una realidad alarmante:
«las mujeres solo representan el 27% de los miembros de los parlamentos en todo el mundo, que la mayor parte de las personas que viven en situación de pobreza son mujeres, que su salario es un 24% inferior al de los hombres, que casi dos terceras partes de los 781 millones de personas adultas analfabetas son mujeres, que 153 países tienen leyes que discriminan económicamente a las mujeres, y que en todo el mundo, una de cada tres mujeres sufre o sufrirá violencias machistas en algún momento de su vida.»
A esto se suma la precarización del trabajo feminizado, el trabajo doméstico no remunerado –invisibilizado y mayoritariamente realizado por mujeres–, la explotación sexual a través de la prostitución y la pornografía, y las persistentes cifras de feminicidios.
La guerra, expresión última del patriarcado, volvió a encender titulares el pasado viernes 13 de junio: el mundo fue testigo de un nuevo bombardeo en Medio Oriente. En esta ocasión, Israel atacó Teherán, capital de Irán, como parte de un conflicto que se remonta a 1948, con el reconocimiento del Estado de Israel.
Para países de la región como Siria, Jordania, Irak y Egipto, ese reconocimiento fue percibido como una afrenta a la soberanía del pueblo árabe y una muestra del dominio occidental sobre la repartición territorial. Irán, por su parte, mantuvo inicialmente una posición neutral, hasta que en 1979 estalló la Revolución Islámica, impulsada por la defensa del islam tradicional frente a la imposición occidental. Fue entonces cuando las relaciones entre Irán e Israel se rompieron, dando paso a una rivalidad marcada por la hostilidad militar.
Durante la revolución iraní, la participación de las mujeres fue masiva. Muchas de ellas luchaban también contra un régimen conservador y autoritario que negaba sus derechos. Sin embargo, tras el triunfo revolucionario, la interpretación del islam que se impuso excluyó las demandas de las mujeres, relegándolas nuevamente en sus derechos y ciudadanía.
En medio de este conflicto ideológico y religioso, se ha sostenido que los regímenes teocráticos han dejado a las mujeres sin protección y derechos, mientras que el discurso occidental se presenta como garante de libertades. Es entonces cuando la defensa de la “democracia” se convierte en el caballo de Troya utilizado por potencias como Estados Unidos o la Unión Europea para justificar intervenciones militares.
Pero como evidencian las cifras iniciales, estas cruzadas democráticas distan de garantizar los derechos de las poblaciones civiles. Si realmente existiera ese compromiso, el mundo estaría condenando el genocidio en Gaza; las mujeres ocuparían la mitad de los escaños parlamentarios en las democracias liberales; o se cuestionaría con la misma vehemencia la misoginia presente en otras religiones, como el judaísmo. La estigmatización de Medio Oriente ha sido, históricamente, una herramienta del proyecto colonial, como bien señala el economista Thomas Piketty.
En este contexto, mientras al otro lado del mundo la guerra sigue escalando niveles, en Latinoamérica, otra región azotada por la herencia colonial de la que habla Piketty, la expresidenta argentina Cristina Fernández fue sentenciada a prisión domiciliaria y prohibición de por vida para el ejercicio de cargos públicos, a través de un fallo cuestionado no solo por sus simpatizantes, sino por varios juristas del país.
Al igual que la bandera de la democracia, el discurso anticorrupción ha sido instrumentalizado para individualizar un problema sistémico, despolitizarlo y evitar transformaciones estructurales. La pobreza y la desigualdad en el sur global no son producto exclusivo de malas gestiones internas, sino resultado de una estructura económica internacional desigual que ha puesto en desventaja a unos países para el beneficio de otros, tal como lo plantea la teoría de la dependencia.
Esta dominación –hoy encarnada por el capital financiero internacional– ha sido cuestionada por liderazgos como el de Cristina Fernández, quien enfrentó una economía devastada por una deuda histórica, heredada desde el siglo XIX y agravada por la dolarización y la inflación.
La historia juzgará los hechos y otorgará responsabilidades. Este caso se suma al del expresidente brasileño Lula da Silva, condenado y luego absuelto; a la destitución de Dilma Rousseff en 2016; y al del presidente Gustavo Petro, a quien la Corte Interamericana restituyó sus derechos políticos.
Mientras estos procesos siguen su curso y otros conflictos emergen, es urgente identificar los hilos que conectan contextos tan distintos como Medio Oriente y América Latina. En ambos territorios, las mujeres enfrentan formas específicas de exclusión que no pueden entenderse sin una mirada interseccional que incluya el género, pero también el poder y el colonialismo. En Irán, las mujeres que protagonizaron la revolución fueron luego apartadas por una interpretación patriarcal del islam, al tiempo que sus derechos fueron utilizados por Occidente como argumento para justificar intervenciones militares bajo la bandera de la democracia, reproduciendo así una lógica colonial que usa la “liberación” de las mujeres como excusa para imponer control geopolítico. En Argentina, Cristina Fernández ha sido blanco de una judicialización que, más allá de los argumentos legales que no son objeto discutir en este escrito, dan muestra de una operación política contra un liderazgo que confronta al capital financiero internacional, principal heredero de las formas coloniales de dominación en el sur global. En ambos casos, el poder –ya sea religioso, económico, judicial o militar– busca disciplinar a las mujeres que desbordan el lugar que se les asigna. Por eso, mientras la guerra avanza y las sentencias caen, nos corresponde a las mujeres seguir alzando la voz, denunciando las distintas formas en que se actualiza la dominación colonial y patriarcal, y luchando por ocupar, transformar y sostener los espacios desde donde construir un futuro más justo.
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