Columnas de opinión de tema libre y sesiones de disertación de un tema en común y coyuntural de actualidad global y colombiana. Con una visión desde el exterior y los efectos de la cotidianidad de los colombianos, con un lenguaje simple y contundente (no violento) de la opinión de los panelistas quienes conforman este proyecto

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María Camila Peña Ramírez.

Esto podría ser un libro: Todo por decir de la experiencia migrante 

Venir a Francia fue un sueño que se gestó en mí cuando estaba estudiando Derecho en la UPTC en Tunja y tuve que ver algunos niveles de Francés como parte del currículo académico. Me parecía un enorme sueño, lejos de mis posibilidades materiales. Me gradué, seguí mi vida profesional como abogada, pero siempre sentí que no pertenecía por completo a los lugares en donde me encontraba. Dejándome guiar por mis preguntas, empecé a estudiar Francés intensivo en un instituto de idiomas. Mi objetivo era para el 2020 viajar a Francia a estudiar. Llego enero de 2020 y me diagnosticaron cáncer, un linfoma no hodking. Los dos pensamientos que tuve fueron: no voy a ir a Francia y se me va a caer el cabello; dos cosas que sucedieron y que fueron la huella de la impermanencia como principio de vida. Entre el COVID y las quimioterapias, seguí pensando en las posibilidades a futuro. En ese momento, encontré la maestría en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales de la Universidad Externado, que básicamente reúne todos los temas que me apasionan, enseguida me enteré de que la maestría tenía un convenio de doble titulación con la Universidad Sorbonne Paris III, y que si me ganaba el cupo, podría hacer un año de estudios en la reconocida universidad.

Me inscribí y comencé a estudiar en Bogotá Fue de las mejores experiencias académicas que tuve, y además me dejó amistades invaluables que hasta el día de hoy me acompañan. Concursé por el cupo para el intercambio en el año 2021 y en el 2022. En el primer año, obtuve el último cupo y no pude ir porque estaba hospitalizada de nuevo, y en el 2022 volví a concursar y recibí una de las noticias que cambiaría mi vida. No solo me aceptaba la universidad, sino que había ganado la beca de la embajada francesa que cubriría mis gastos de sostenimiento por un año.

Con emociones encontradas y dos maletas de 20kgs, llegué a París el 21 de septiembre y empecé a recibir clases al día siguiente en el máster de ciencias sociales, cooperación y desarrollo para América Latina. Fue un cambio drástico, recibía clases en Francés e Inglés que me costó un par de meses entender. La adaptación era no solo a otro idioma, sino a otra forma de pensar, de hacer las cosas y de relacionarse.

Lo primero que pude ver fue el exceso de ritual, que no es igual al rigor. Lamenté mucho que nuestro esfuerzo académico a nivel nacional no sea igual de valorado que lo que se hace a nivel internacional, pero sobre todo que seamos nosotros mismos, quienes por este sentimiento compartido de inferioridad, creamos que lo que se hace afuera es siempre mejor. Tuve que escuchar gente hablando de América Latina como si fuera un laboratorio social, y análisis de la realidad hechos desde lugares de privilegio. Estudié la historia política y económica latinoamericana y me convencí de que los problemas que tenemos en la región no son solo compartidos, sino que tienen una causa común, histórica y vigente, que aunque pudiera otorgarnos el título de «víctimas de la colonización y del saqueo» también nos desafía a hacernos cargo y dar el salto por la defensa de nuestra soberanía y dignidad como pueblo. Por eso quizás me hierve la sangre cuando escucho la preocupación de los connacionales por no «hacer enojar a EE.UU», cuando somos nosotros quienes deberíamos movilizar esa digna rabia y sentirnos de una vez por todas dueños del territorio y de nuestro destino.

Después de haber aprobado mi año de estudios, debía volver a Colombia, pues era el fin de mi visa de estudiante. Me quedaban algunos meses de visa y decidí salir de París e irme al sur de Francia a conocer el país y la cultura lejos de la narrativa de la capital. Así, gracias a la invitación de una amiga que se convirtió en familia, llegué a Mont de Marsan, un pequeño pueblo cerca a la frontera con España, base militar aérea de Francia. Allí me despojé de todo lo que yo creía que era o que me aportaba valor, y fui mesera en un bar de cervezas. Aprendí a diferenciar entre las cervezas rubias, negras y blancas, aprendí palabras en Francés que no sé como se dicen en español, hice amigos y amigas entrañables y me enamoré del chico guapo que servía cervezas conmigo con quien empecé a compartir la vida entre los malos y buenos usos del francés, y las conversaciones sobre política en Francia.

Al final decidí prolongar mi visa gracias al derecho que tenía por haber culminado estudios superiores en una universidad francesa, este permiso de residencia me autorizaba a buscar un empleo relacionado con el máster que había hecho, tarea que debía cumplir en un año so pena de tener de regresar a Colombia. Tomé la decisión al mismo tiempo que mi hermana decidía iniciar su propio proceso migratorio a Australia y emprender su propia aventura, lo que añadía otra dosis de angustia pues ahora seríamos tres partes de un mismo corazón con tres husos horarios diferentes: mi mamá que quedaba en Colombia sola, mi hermana en Australia y yo en Francia. Migrar también es dejar una parte de uno y de alguna forma sentir que esa parte experimenta sus propios dolores y alegrías, pero uno no está ahí presente para vivirlos por completo. En esos años mi papá y mi abuela materna murieron, y yo no solo no pude hacer mi propio duelo allá, sino que no pude acompañar a las personas que amo.

Por tanto, a esa lista de incertidumbres se suma la angustia de “no tener papeles”, que de alguna forma significa no tener derechos, porque al final una visa o permiso de residencia es eso, una especie de legitimación para el ejercicio pleno de derechos, que muchas veces es saboteada por las propias administraciones de los países de acogida que tratan a las personas en situación de migración como ciudadanos de segunda categoría.

Una de las razones que consideré para tomar la decisión de quedarme en Francia, fue darme cuenta de que trabajando como mesera trabajaba 25 horas a la semana, tenía un contrato a término indefinido con derecho a vacaciones, tiempo libre y podía enviar dinero a Colombia. Para tener esas condiciones mínimas en Colombia, trabajando como abogada con dos especializaciones y dos maestrías, no estoy segura de haber logrado un salario proporcional a ello. Por eso vuelve y me hierve la sangre cuando escucho que «no hay que desincentivar el empleo» y no hay que asustar a los grandes capitales con temas de derechos laborales porque la economía se puede ver afectada. ¿La economía de quién? me pregunto yo.

Después de angustias e incertidumbres, me contrataron en julio de 2023 como jurista (consejera jurídica) en la Agencia Francesa de Desarrollo en París. Una entidad de cooperación internacional que financia proyectos de desarrollo en América Latina. Aquí de nuevo pude ver como las concepciones de desarrollo de lo que se denomina «el norte global» se imponen en los territorios. Vi proyectos de investigación para Colombia, y entendí porque el dinero de la cooperación internacional llega en su mayoría a las universidades privadas que transmiten la agenda económica de bancos y empresas de los Sarmiento Angulo y compañía.

En todo este tiempo, siempre sintiendo que mi voz no tenía el peso suficiente, que mi acento hacía menos convincente mi argumento, y que yo no tenía nada que enseñar y todo por aprender. Aun en medio de esos temores e inseguridades, después de haber ido a Colombia en enero de 2025 y volver a Francia con el corazón arrugado y llena de dudas sobre lo que quería hacer, porque hasta el día de hoy sigo convencida de que quiero ayudar al progreso del país que me vio crecer, me contrataron en una entidad territorial que se llama “Aglomeración de Pays de l´Or” en donde actualmente trabajo como jurista encargada de contratación pública, y en donde entiendo el servicio público y la formulación de políticas públicas desde otras necesidades, y veo de nuevo, como el privilegio nubla la empatía, como dicen por ahí.

La migración ha atravesado mi identidad puedo decir que enteramente en un buen sentido. Me ha permitido entenderme como un igual en derechos a todas las personas, pero además interpretar mis propias contradicciones que muchas veces han sido compartidas. Me ha enseñado la soledad como un lugar de consuelo, de aliento y fuerza, y hoy me ha dado nuevos sueños, que viajan desde Francia y llegaran a Colombia en forma de libros, mis grandes aliados.

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