Columnas de opinión de tema libre y sesiones de disertación de un tema en común y coyuntural de actualidad global y colombiana. Con una visión desde el exterior y los efectos de la cotidianidad de los colombianos, con un lenguaje simple y contundente (no violento) de la opinión de los panelistas quienes conforman este proyecto

Nicolás Devia Buitrago.

Todos quieren con Petro a pesar de que lo está haciendo ¡Mal!

Hasta ahora todos los candidatos presidenciales quieren ser ungidos por el presidente Petro. ¿No es acaso una señal de que las cosas se están haciendo bien?

La prensa ha superado de manera tajante los rumores de la reelección. Durante meses se le dijo a la ciudadanía que Petro buscaría reelegirse, perpetuarse en el poder sin importar si con ello había que convocar una nueva constituyente —otro rumor que hasta ahora parece nunca haberse confirmado—. Hoy se cuestiona al presidente por su estado de salud, se le endilga de la peor manera un gobierno sin rumbo ni dirección, donde protagonistas como Álvaro Leyva han salido sin sonrojarse a revelar hechos presuntos en relación con la conducta o la vida privada del presidente, en el momento que este era casi su mano derecha.

A este gobierno se le ha atacado más desde lo personal que desde su gestión. Y de lo personal me refiero a su corte de cabello, a si el presidente padece adicciones, su relación marital e innumerables acusaciones al mejor estilo de la farándula criolla. Pues bien, a pesar de sendas acusaciones, todos parecen querer ungirse con su bendición electoral para las próximas elecciones. Las acusaciones resultan ser ataques para debilitar una imagen que, a la luz de los medios tradicionales, es impopular en las masas. ¿Cuál es la necesidad entonces de acudir a la bajeza de los ataques personales si el gobierno ya está desprestigiado por sí mismo?

La derecha debilitada
La derecha parece debilitada, derrotada ante los logros de un gobierno progresista que les ha devuelto las tierras para el trabajo a los campesinos y ha combatido el narcotráfico de manera airada como nunca antes. Esta derecha parece haberse quedado sin un discurso que eleve el sentimiento de las masas populares. La guerra, el castrochavismo, el discurso impopular de la paz de Santos han quedado en el pasado, y les cuesta bastante enfocar un sentimiento común.
Ese grupo de políticos clásicos enquistados en el Estado —quienes, por demás, gobernaron las últimas décadas— dejaron un país endeudado, pero sobre todo desigual, con brechas evidentes entre una sociedad que aboga por la «gente de bien». Son quienes replican y además hunden las reformas para el pueblo.

Los excluidos y las reformas
De otro lado están los excluidos, quienes viven con el salario mínimo y a los que este Congreso les ha negado reformas vitales para superar esas barreras de la desigualdad, utilizando todo tipo de maniobras para impedirlo. El pueblo paulatinamente ha empezado a entender lo importante de que alguien afín a sus demandas por fin revele las consecuencias de la desigualdad, así para ello haya que enarbolar las banderas del «populismo», como se le denomina a casi toda reforma que satisfaga los intereses de las mayorías.
Quienes negaron el debate de la reforma laboral en el Congreso, acudiendo a actuaciones sin precedentes como el archivo en una comisión, quienes negaron una consulta popular para definir la reforma laboral, hoy se rasgan las vestiduras ante el anuncio del presidente de expedir un decreto que tenga como objetivo que sea el pueblo quien decida el rumbo de la reforma a través de una consulta popular.

Esta Constitución reciente y en construcción aún parece no ser interpretada, pero en especial es la evidencia de que las estructuras de poder —minoritarias y privilegiadas como los empleadores, y mayoritarias y excluidas como sus trabajadores— definen su rumbo no siempre por el camino «de la legalidad diseñada al mejor estilo de un sastre, para su placer y disfrute».
El temor de una consulta popular es que el pueblo asuma y revele, de cara a las próximas elecciones, que a quienes han elegido no representan sus intereses sino los de sus financiadores de campaña: grupos empresariales fuertes, sectores económicos rentables, y uno que otro alimentado por el polvo blanco exportado al país de la libertad.

El panorama electoral
El país revela, asume y cuestiona a candidatos como Vicky Dávila del grupo Gilinski, quien además intenta desmarcarse de su esencia —una forma de negarse para conquistar incautos—, hecho que aún parece no funcionar, pero que más que al gobierno progresista le preocupa a la derecha tradicional, en especial la representada por militantes del Centro Democrático como Miguel Uribe Turbay, María Fernanda Cabal y Paloma Valencia, dado que Vicky puede ser el Iván Duque 2.0: un candidato que conquiste sin presencia y protagonismo de los antes mencionados, en la medida que, como siempre, los eventos democráticos al interior del partido dictarán «lo que diga el expresidente Álvaro Uribe».

De otro lado hay una derecha moderada, desmarcada y que parece más cercana al progresismo aunque no lo sea (qué falta le hace Mockus): el Partido Verde, liderado por Claudia López, quien ya inició su carrera política recolectando firmas para la inscripción de la candidatura y desmarcándose con ello del Partido Verde, quizá frente a los últimos hechos de corrupción que salpican a sus máximos exponentes como el expresidente del Congreso Iván Name, la exconsejera de las regiones Sandra Ortiz —quienes se encuentran en prisión— y Carlos Ramón González, expresidente del partido, de quien hoy no se sabe su ubicación frente a los recientes llamados de la justicia por el caso de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, donde casi todos resultaron salpicados.

Estos hechos dejan muy mal parada a la exalcaldesa de Bogotá, quien entonces resultó electa bajo banderas anticorrupción e incluso promovió una consulta popular para dicha finalidad.

Los aspirantes del petrismo
Roy Barreras, Gustavo Bolívar, Luis Carlos Reyes (Míster Taxes), Luis Gilberto Murillo, Alejandro Gaviria, Carolina Corcho, todos han tenido que ver con el gobierno Petro y desde el principio han manifestado la intención de aspirar a dicha candidatura. Sin embargo, en garantía democrática, el presidente les ha solicitado apartarse de su gobierno si esa era la intención.

Recordemos el hecho bochornoso de su amigo entrañable Gustavo Bolívar, a quien el presidente le limitó una intervención en la inauguración de unos programas en el Catatumbo frente a la crisis humanitaria que enfrenta la región. Recordemos que Bolívar estuvo al frente del Departamento de Prosperidad Social.

Esta quizá sea, frente a Claudia López, el verdadero terror de los partidos tradicionales: lo que Uribe llama el «petrosantismo». Es su temor de que una derecha moderadamente de izquierda continúe bajo las banderas progresistas en el año 2026.

A pesar de que la prensa replique que este gobierno goza de impopularidad, que el país no avanza, que es inviable, los hechos hablan por sí solos: la reducción de la pobreza, las tasas de desempleo en dígitos cercanos al 8.0% —cifras históricas en las últimas décadas—, la estabilidad del dólar y el crecimiento de la economía dejan muy mal paradas a esas voces que siembran la fatalidad de la administración de este gobierno.

Si el gobierno está tan mal, no entiendo el terror institucional a una consulta popular que se va a perder a pesar de lo complejo de los umbrales. Estamos lejos de volvernos como Venezuela, lejos de tener que irnos del país, muy pero muy lejos de todo lo negativo que nos dijeron si Petro era presidente. ¿Qué habrá que decir entonces para el 2026?.

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