Columnas de opinión de tema libre y sesiones de disertación de un tema en común y coyuntural de actualidad global y colombiana. Con una visión desde el exterior y los efectos de la cotidianidad de los colombianos, con un lenguaje simple y contundente (no violento) de la opinión de los panelistas quienes conforman este proyecto

Nicolás Devia Buitrago.

El 09 de abril violencia y política.

El 9 de abril fecha en que se conmemora el día de las víctimas, y se rememora el momento en que el país se fragmento en el año 1948, con el asesinato del caudillista Jorge Eliecer Gaitán, un momento ideal para refrescar las reflexiones en cuanto a partidos e ideológicas políticas.

De Gaitán la historia decanta un líder nato que avivó los intereses del pueblo en contra de los hasta entonces y desconocidos verdugos, desde allí han sido más las ilusiones de lo que pudo ser y no fue, de las mesiánicas formas de liberarnos de nuestros problemas cotidianos a través de la personificación de héroes políticos; el progreso encarnado en manos de un solo hombre y como el asesinato de él dejo al pueblo vació, quizá una herencia visionaria común de nuestros libertadores.

El 09 de abril de 1948, no solo asesinaron al líder sino que condenaron al pueblo, la imagen del “prócer, líder” que aparece en el extinto billete de mil, la más baja denominación en épocas contemporáneas, deja sinsabores y reflexiones constantes, contrastadas con la imagen del Liberal Carlos Lleras Restrepo, abuelo del exvicepresidente y candidato Presidencial en múltiples oportunidades, German Vargas lleras. Aquello de que la cosmovisión no juega, claro que juega las imposiciones políticas nos hablan a diario.

Para retomar dada mi dispersa forma de disertación, el 09 de abril el país se fragmento, ya no sólo en el bipartidismo predominante hasta entonces que continúo bajo otras alternativas como la del frente nacional (pacto político establecido en Colombia entre 1958 y 1974, mediante el cual los dos partidos tradicionales, Liberal y Conservador, acordaron alternarse la presidencia del país cada cuatro años y repartirse equitativamente todos los cargos públicos), sino que el Frente Nacional fraguo el surgimiento de múltiples movimientos políticos, que por las armas o sin ellas intentaron resignificar el sentir nacional, la visión popular, pero en especial reducir los amplios umbrales de desigualdad que han sido característicos de esta sociedad, y que en principio han sido el detonante de periodos extensos y ciclos interminables de violencia.

De los movimientos armados, surge las FARC, formalmente en 1964, conformados por grupos campesinos liberales y comunistas, el ELN Ejercito de liberación Nacional inspirado por la Revolución Cubana y la teología de la liberación creado en el año 1964, el EPL Ejercito Popular de Liberación, creado en 1967 de orientación maoísta, el M19 que surge en 1970 tras el presunto fraude electoral contra la ANAPO, Movimiento Quintín Lame, guerrilla indígena formada en los años 80 pero con raíces en las luchas por la tierra.

De los movimientos políticos no armados, ANAPO la Alianza Nacional Popular, fundado por el General Gustavo Rojas Pinilla 1961, el MRL Movimiento Revolucionario Liberal Liderado por Alfonso López Michelsen que enfrentaba el frente nacional, el MOIR movimiento Obrero Independiente y Revolucionario de orientación maoísta, la UP Unión Patriótica, y el Movimiento indígena Colombiano.

Hace algunos años leí una columna de Jaime Suarez Flórez para el espectador, refiriéndose a las extintas FARC en el que se relata a renglón seguido: “Días antes de que comenzara la “Operación Soberanía” en Marquetalia, Manuel Marulanda Vélez le mandó una carta al entonces presidente Guillermo León Valencia. Le pedía, entre otras cosas, “la apertura de carreteras y caminos vecinales” en la región a cambio de dejar las armas. El mensaje no fue atendido. En mayo de 1964, miles de soldados desembarcaron en el sur de Tolima. La región fue bombardeada.”
Quizá el mayor elemento en común de los anteriores movimientos referidos, es la exclusión política del frente nacional, y de como por no decir todos los movimientos previos han sido combatidos en parte con las armas del estado, como si el país se fragmentara entre los que gobiernan y legitiman su actuar, y quienes reclaman de lado del pueblo los derechos sociales que consideran justos, aunque paradójicamente los discursos han estado centrado en combatirlos ideológicamente, una guerra incomprendida entre el mismo pueblo que aún no cesa.

De los dirigentes políticos de la UP, fueron asesinados en calidad de candidatos presidenciales, Jaime Pardo Leal (1987), Bernardo Jaramillo Osa (1990), dirigentes nacionales José Antequera (1989), Manuel Cepeda Vargas (1994), y cerca de 3000 militantes en lo que se conoce como genocidio político de la UP. De los demás grupos políticos el fenómeno no fue diferente, del M19 fue asesinado Carlos Pizarro Leongomez (1990), Carlos Toledo ANAPO (1984), Luis Carlos Galán miembro del nuevo liberalismo en 1989, eso sin contar los múltiples asesinatos de integrantes de movimientos indígenas, obreros y sindicales, y recientemente de los excombatientes de las FARC quienes realizaron el proceso de paz, así como de innumerables lideres sociales.

Y es que cada que el país demanda desigualdad, la violencia aflora, como un indicador directamente proporcional a las demandas sociales, desde los discursos de a “este país lo esta matando la pereza”, “hay que trabajar trabajar y trabajar”, hasta el “quieren todo regalado” o el “estudien vagos”, y múltiples peyorativos que se difunden desde la comodidad superior que les brinda la sociedad de la desigualdad.

El país no se define entre partidos o ideologías, sino entre caudillistas, hemos personificado nuestros sentires sociales, las esperanzas han sido hechas hombres, de manera que los asesinatos solucionan de forma tajante las visiones de partido, quizá no ha sido del todo cierto, como si las ideas se fueran con la vida. Los partidos han establecido elementos burocráticos e impedimentos para que cualquier ciudadano aspire a un cargo de elección popular, negociar con prebendas políticas con partidos de turno y en momento de elecciones hacer de la democracia una entrada previa al plato principal, donde para aspirar o no hay que ganar el beneplácito del dirigente del partido.

Solo hasta la 1991 y con el surgimiento de la asamblea Nacional Constituyente se desmitifica esta serie de argumentos, la Constitución posibilitó un escenario en el que pudieron participar sectores ampliamente excluidos, generó una visión ideológica más que de un sector político una visión de nación, ya son más de 30 años en vigencia de esta, quizá la mayor muestra de ideal de país que se haya realizado pero que aún continua en constante construcción.

El país requiere no predominantemente una nueva constitución, pero si la reconstrucción ideológica, de sus partidos y movimientos, no en razón de ideales humanizados sino de humanos idealizados, de forma que logremos enfrentar como nación los problemas que por años han sido invisibilizados y que de cierta manera aún siguen siendo los detonantes de esta violencia.

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